Todas las personas presentes voltearon a verla cuando entró a ese restobar tan escuchado y conocido en un distrito de clase media-alta del Obelisco.
Reluciente y espléndida es como se veía, con una sonrisa amplia y no menos de medio litro de perfume encima -porque cómo ama el buen olor caray-, con labios color carmín, una blusa y una falda de cuero a la cintura -que bien le marcaba esa cintura- se veía radiante pensó él.
Rozaron sus pieles al saludarse e inevitablemente se les vino tantas noches de pasión en lugares difíciles de imaginar, pero que en sus cabezas los tenían más que presente...una erección disimulada y unas gotas rebalsando el sexo de ambos fue lo más obvio a sus mentes más no es sus miradas lo que provocó que ambas pieles se vuelvan a encontrar.
-Estás espléndida, como siempre
-gracias igual tú, veo que sigues sin cortarte esos rulos
-te encantan
-también.
Sonrieron, ordenaron chilcanos, quesos y siguieron desnudándose con las miradas, mientras agarran el vaso la pierna de Gia tocaban las entrepiernas de él...él observaba con deleite como el momento los invitaba a pararse e ir uno detrás del otro a besarse y amarse como el primer día que se vieron.
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Sonó el teléfono.